Ago 312016
 

China

El gigante asiático ha sacado provecho de la crisis financiera mundial para replantear su liderazgo internacional. Ahora ya no compite en costes bajos y mano de obra barata sino en innovación y perfiles cualificados. Y lo hace, además, con un proyecto muy ambicioso: la nueva Ruta de la Seda del siglo XXI.

 

Tras tres décadas registrando un crecimiento económico anual de casi un 10%, China se reinventa modernizando su tejido productivo y económico para volver a fijar las reglas del juego en el mercado internacional. Se trata de un proceso que empezó en 2008 a raíz de la crisis financiera, que impactó negativamente en sus exportaciones. Consciente de que no podía seguir dependiendo del exterior, el gobierno chino decidió cambiar de estrategia y abandonar el modelo económico que la convirtió en 2014 en la primera economía mundial. Esta decisión implicaba dejar de competir con costes bajos, mano de obra barata, productos de baja calidad y estrictas barreras de entrada a las empresas extranjeras.

La nueva estrategia de China pasa ahora por fomentar el crecimiento de empresas innovadoras, desarrollar el consumo interno e impulsar nuevas infraestructuras. “A diferencia de hace tan solo unos años, a China ya no le preocupa superar el 10% del PIB sino competir internacionalmente en I+D, con empresas que tengan perfiles cualificados y que adopten tecnología puntera para ser más eficientes, producir más y obtener mayores beneficios”, explica el Dr. Josep Maria Coll, director del EU-Asia Global Business Research Center de EADA.

En este contexto, afirma Rafael Sambola, director del Master Ejecutivo en Dirección Financiera de EADA, “debe entenderse el éxito de empresas como Huawei, Lenovo o Alibaba, ejemplos de una nueva generación de compañías reguladas por el gobierno chino que se distinguen por productos de calidad y con un gran valor diferencial”. Prueba de ello, continúa, es que “empresas como Huawei destinan un 14% de su facturación a I+D y cuentan, además, con un 50% de empleados que son ingenieros”. A esto añade que “en 2014 China solicitó 704.936 patentes mientras que en el caso de Estados Unidos fueron 287.000”.

Pero, además, esta apuesta por la innovación está muy relacionada con la reciente apertura de China a las inversiones extranjeras. Según Coll, “China necesita inversión extranjera directa porque es una gran oportunidad para mejorar y aumentar la velocidad de la transferencia tecnológica y, también, para que su población, es decir, el mercado local, tenga acceso a más servicios, productos y tecnología”. En su opinión, “se trata de consolidar una clase media, la China middle class, para favorecer el desarrollo del sector servicios, fomentar el consumo interno y reducir las desigualdades sociales que todavía existen entre regiones interiores y costeras”. En su opinión, “aquí radica el éxito o el fracaso del nuevo modelo económico que está implantando el gobierno chino”.

Las dos caras del modelo chino

“La preocupación de China ya no es el PIB sino fomentar el crecimiento de empresas innovadoras”

Según Rafael Sambola, este proceso de modernización de China ha generado toda una serie de fortalezas y de debilidades. En cuanto al primer aspecto destaca las inversiones en infraestructuras –por ejemplo, de los 10 puertos mercantes más importantes del mundo 7 son chinos y dos corresponden a Asia–, la apuesta gubernamental por la formación superior –cada año se licencian dos millones de ingenieros– y la adopción de innovación por parte de la mayoría de pymes, “lo que implica lanzar en el mercado productos y soluciones con una innovación muy puntera”. A esto añade “la acertada estrategia del gobierno chino por redirigir la inversión extranjera a sectores estratégicos, como son todos aquellos relacionados con la tecnología, las energías renovables o las TIC”.

Pero este modelo también presenta algunas debilidades. Para el profesor Sambola algunas de las importantes son la ineficiencia de su capacidad productiva, “pues no aprovechan suficientemente sus recursos productivos”, el crecimiento económico desigual entre regiones, el aumento de la deuda –como consecuencia del acceso a créditos bancarios para familias, empresas y administraciones locales– y un marco legal poco definido para las empresas extranjeras –por ejemplo, la legislación actual no protege a las compañías a las que han copiado algún producto–.

El eje Asia-Pacífico, nuevo centro de gravedad

China también se ha propuesto liderar en los próximos años el eje Asia-Pacífico, que aspira a convertirse en el nuevo centro económico y financiero mundial. Para ello, se prepara para una nueva Ruta de la Seda –más conocida como One Belt One Road– que consiste en unir China con el resto de países de Asia, Europa y África a través de nuevas rutas terrestres –ferrocarriles, aeropuertos, carreteras y redes financieras– y marítimas –nuevos puertos y relaciones comerciales marítimas–. La nueva ruta está financiada por The Asian Infraestructure Investment Bank, al cual ya se han adherido más de 60 países de todo el mundo, entre los cuales están España y Reino Unido.

Aparte de los vínculos comerciales, financieros y de comunicaciones, para Rafael Sambola “esta ruta es la respuesta de China a los intentos de Estados Unidos de aislarla a través de los Acuerdos de Asociación transpacífico y de Asociación Transatlántica que firmó hace unos años para protegerse de la amenaza de las economías emergentes de Asia-Pacífico”. Además, “es una oportunidad para construir las infraestructuras de la ruta, facilitar las exportaciones y asegurarse el suministro energético que ahora está en riesgo”.

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