May 092016
 

Jordi Molina: “Europa se juega su libertad, su progreso y su bienestar”

El profesor de EADA Jordi Molina reflexiona sobre los principales desafíos que debe afrontar Europa.

El profesor de EADA Jordi Molina reflexiona en este artículo sobre los principales desafíos que debe afrontar Europa.

El pasado 10 de marzo de 2016 Mario Draghi sorprendió a los mercados tomando una decisión histórica en la Eurozona: tipos de interés al cero. La decisión fue acompañada por el anuncio de estímulos monetarios adicionales en el enésimo intento de reactivar la economía de la Eurozona y alejar el fantasma de la deflación.

Lo excepcional del hecho invita, al menos, a tres lecturas. La primera es subrayar la falta de precedentes en Europa de un hecho similar. Esta lectura es de consumo inmediato y devora titulares. Una segunda, más reposada, señala un hecho preocupante: una vez agotados los márgenes fiscales y monetarios, la Eurozona se ha quedado virtualmente sin arsenal de medidas convincentes para afrontar sus retos económicos y sociales. La tercera lectura requiere un paso atrás y amplitud de enfoque: el proyecto europeo acumula la lista más larga de problemas desde su creación en los años 50 y afronta un horizonte de incertidumbre y niebla. Europa renquea.

Europa: Principales incertidumbres

Al noroeste tenemos un posible Brexit, al este un conflicto bélico latente entre Ucrania y Rusia y al sudeste un miembro de la UE (Grecia) con una economía asistida y afrontando el mayor flujo de migrantes visto en Europa desde 1945. Mirando al sur, encontramos un estado fallido (Libia) separado sólo de las fronteras de la UE por una estrecha franja de mar que genera los trágicos titulares que eclipsan miles de historias de personas corrientes que buscan una vida mejor. Hoy Libia importa inestabilidad desde múltiples frentes (guerra civil, presencia del Daesh, presión migratoria desde el Sahel). Una situación que puede agravarse con la llegada del buen tiempo.

En el plano político e institucional, también hay retos comunes a todos los estados miembros que requieren mayor diálogo, cooperación y voluntad política: crisis de los refugiados, desempleo, seguridad, política exterior, fractura social, retroceso demográfico, entre otros. En este plano se inscribe también el auge de opciones políticas que desde izquierda y derecha presentan propuestas radicales alternativas a la llamada ‘democracia templada’, basada en el pragmatismo y la realpolitik, que dominaba buena parte de los gobiernos europeos desde 1945.

La crisis de los refugiados, el elevado desempleo, la fractura social o el retroceso demográfico requieren diálogo, cooperación y voluntad política

Mario Draghi acaparó todas las miradas el pasado mes de marzo cuando propuso tipos de interés a cero.

Mario Draghi acaparó todas las miradas el pasado mes de marzo cuando propuso tipos de interés a cero.

Según Javier Solana, ex alto representante del Consejo para la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE y ex secretario general de la OTAN, “el proyecto europeo ha navegado tres fases diferenciadas”. Una primera, fundacional, basada en la reconstrucción y la reconciliación entre europeos. Una segunda, vinculada a la prosperidad colectiva, la articulación de un espacio económico común y la ampliación a nuevos miembros. Mientras estas dos primeras fases estaban basadas en el idealismo y la voluntad, la tercera gira fundamentalmente en torno a la idea de que Europa debe permanecer unida y cohesionada para hacer frente a los retos socio-económicos y geopolíticos del siglo XXI en un mundo crecientemente interdependiente y globalizado. Y en esta casilla estamos. Juntos competiremos mejor.

Europa debe permanecer cohesionada para hacer frente a los retos socio-económicos y geopolíticos del siglo XXI en un mundo crecientemente interdependiente y globalizado

A esto debemos añadir algunos datos para abundar en la idea del reto europeo. Hoy la UE representa el 3% del territorio terrestre, el 7% de la población mundial, el 15% del PIB (llegó a ser el 40% a principios del siglo XX) y casi dos tercios del gasto global destinado a bienestar y cohesión social. De los cuatro miembros europeos del G-7 (Alemania, Francia, Italia y Reino Unido), ninguno se quedará en el grupo en dos décadas si se mantiene el criterio de inclusión en este selecto foro. Europa corre el riesgo de haber entrado en la senda irrelevancia.

Todos estos retos se inscriben en un contexto electoral de alta densidad en los próximos meses (elecciones presidenciales en EE.UU. el próximo noviembre, elecciones federales en Alemania y las presidenciales en Francia en 2017), que ralentizará la toma de decisiones y tentará a muchas cancillerías al inmovilismo en un momento crítico para el devenir de la UE.

Podemos acudir a bálsamos conocidos para atemperar el vértigo como ‘no es la primera vez que la UE transita por un bosque de problemas’, ‘siempre hemos salido fortalecidos de las crisis’ o ‘la UE puede detener su construcción pero nunca retrocede’, etc. Pero me temo que esta vez es distinto.

Se calcula que entre 2014 y 2014 Asia registre un crecimiento económico global de alrededor del 60%

Los europeos tenemos al oeste un gigante (EE.UU) que, aunque con PIB similar al de la UE, la empequeñece en capacidad militar, iniciativa global, innovación y dinamismo. Al Este, un ex imperio (Rusia), con capacidad nuclear y con un PIB similar al de Italia, tiene gran parte de la llave energética. Más al este y con una China crecientemente asertiva, la pujante Asia representará, según el servicio de estudios del BBVA, casi el 60% del crecimiento económico global entre 2014 y 2024. Y, al sur, al otro lado del Mediterráneo acechan presión migratoria, creciente desesperación y el auge de la sombra integrista.

Soluciones a la encrucijada europea

El centro de gravedad económico se está desplazando a Oriente.

El centro de gravedad económico se está desplazando a Oriente.

Ante este complejo mapa de riesgos e incertidumbres, esta Europa crepuscular que envejece y pierde lustre como actor global, parece haber llegado a una bifurcación en su camino. Tenemos que elegir una de las dos rutas. Una de ellas transita por la complacencia, el inmovilismo y el cortoplacismo de los ciclos electorales nacionales y nos puede reducir hasta convertirnos en el parque temático global de la cultura y los museos. La otra ruta, más fatigosa, tiene curvas y una fuerte pendiente pero es la antesala de una UE renovada y actualizada en una escena global volátil que requiere liderazgos y referentes con urgencia.

El centro de gravedad económico se está desplazando a Oriente. Europa no recobrará de nuevo el trono del mundo, pero no tiene por qué caer en la irrelevancia geopolítica y económica. La UE debe crecer, fortalecerse y desarrollar capacidades para defender sus metas e intereses, convertirse en una parte activa e influyente en los asuntos regionales y globales. También en un modelo y referente de integración supranacional, seguridad colectiva y un faro de convivencia, cohesión y pluralidad para otras regiones del mundo. El problema de Europa no es el Brexit, Grecia o Ucrania : es la propia Europa, la deriva tecnocrática y la mirada particularista de cada Estado a un asunto que es de todos.

El problema de Europa no es el Brexit, Grecia o Ucrania, es la propia Europa

Europa ha dado mucho al mundo: valores ilustrados y humanistas, democracia moderna, civilidad y derechos humanos. Ser más influyentes y más competitivos requiere construir sobre lo que ha hecho de Europa una referencia global: innovación, educación y calidad institucional. También implica acelerar la transición hacia un nuevo paradigma de tejido económico liderado por la investigación, la tecnología y el valor añadido.

La UE se juega su ser. Está en juego el ciclo de libertad, progreso y bienestar más importante de la historia del continente. Necesitamos más Europa, más integración. Es preciso impulsar y articular un demos europeo más tangible que sirva de pilar a un renovado edificio institucional más eficiente y donde no siempre la solidaridad de un paso atrás frente a la tecnocracia de manual.

Debemos dejar ser una voz átona. Debemos superar la perenne oscilación de los europeos entre la nostalgia y la utopía, conducir con luces largas y que la Política (en mayúscula) empequeñezcan los politiqueos de vuelo corto. Ello no significa eclipsar nacionalismos y singularidades, sino situarlos en el contexto del proyecto común del que nos hemos dotado. También precisamos más de dosis de realismo, evitar atajos y mitigar miedos y tics atávicos.

Para que ello sea posible ante todo es necesario abrir y ahondar en el debate. Situarlo en el primer folio de la agenda. Estados, gobiernos y actores civiles deben hacer un diagnóstico diáfano y compartido y apuntalar un mínimo común denominador. Ello requiere líderes, visión, generosidad, y transgredir el marco mental del Estado-nación. Es tiempo de desdibujar fronteras interiores y esbozar una visión más compartida, más ambiciosa y más necesaria.

 

Artículo publicado en ‘Cataluña Económica’ por Jordi Molina, profesor asociado de EADA especializado en el área de Geopolítica y Geoeconomía.

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