Mar 202014
 

Luis Torras

Profesor Luis Torras Head Business Policy Department

La economía informal ha definido la estructura y la cultura de las grandes urbes a lo largo de la Historia. Las callejuelas del París del siglo XIX estaban repletas de miles de pequeños talleres, de comercios que invadían y privatizaban las aceras públicas para poder ofrecer sus productos y servicios al ciudadano, igual que la mayoría de las grandes urbes de los países emergentes en el siglo XX y en el actual.

La economía informal forma parte del ADN del ser humano. Nuestros lejanos antepasados crecieron alrededor de las ágoras, de las plazas públicas, en donde recibían instrucciones de la autoridad, intercambiaban información, productos y servicios sin ningún corsé que limitara su actividad excepto el impuesto que se pagaba a la autoridad o al mafioso de turno para utilizar aquel espacio público. Esta cultura ha perdurado hasta el día de hoy, y sigue tan viva como hace mil años en todos los espacios públicos, mercados, calles, puentes, playas y templos de la inmensa mayoría de los países.

La economía informal forma parte de nuestra existencia diaria en actividades como: la compra de una corbata o un bolso a un vendedor en la avenida principal de nuestra ciudad, el inmigrante que nos pinta el piso, la señora que nos limpia el apartamento una vez por semana, la canguro que contratamos para poder salir un viernes por la noche, el estudiante de informática que nos viene a actualizar el portátil, las tartas en el mostrador de muchas pastelerías.

Hasta actividades tan inocentes como la del niño que vende a la puerta de su casa figurinas hechas por su abuela para ayudar a sus padres a pagar sus colonias del mes de julio, o como el cepillo repleto de monedas y algún generoso billete en la misa del domingo de la parroquia, todo ello forma parte de la economía informal.

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